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viernes, 13 de septiembre de 2019

Mi cuarto propio: yo misma

Jamás he tenido una habitación propia como tal. Cuando era niña, vivía en una casa de dos cuartos y medio en donde compartía el espacio con mis padres y luego con mi hermano menor. Después, cuando cumplí alrededor de siete años, nos mudamos a la casa que mis padres construyeron juntos. Una casa grande, sin pisos, sin enjarre y sin vidrios en las ventanas (en aquellos tiempos te podías dar ese lujo). También compartía el espacio con mi hermano y con un primo que se fue a vivir con nosotros. Cuando tenía como quince (puedo equivocarme en los tiempos), al fin me dieron una habitación para mi sola. Pinté el techo de un azul marino y lo llené de estrellas luminosas y en las paredes puse palabras en japonés y dibujé el árbol de la vida. Aunque no tenía la privacidad de una puerta, ese fue mi santuario por varios años. Así leía y veía series de anime en la televisión. Tenía una computadora en la que hacía mis tareas y en ocasiones escribía cuentos o intentos de poesía. Al casarme regresé al que fue mi primer hogar, sólo que ahora en lugar de dos cuartos y medio era solo uno. Ahí viví junto a mi esposo y mi primer bebé por un tiempo. Por diversas situaciones íbamos y veníamos de esa casa intercalando el lugar con la casa de mis padres. Fue hasta que mi segunda hija nació que por fin nos mudamos a nuestra casa actual. Una casa grande de dos pisos, con tres recámaras, dos baños y medio y otros espacios. Una casa amplia pero sin muchos muebles ni adornos. Sigo compartiendo mi habitación, a veces sólo con mi esposo y otras tantas con mis hijos que van y vienen de su propia habitación a la nuestra, dependiendo de la necesidad del clima. Hay espacio suficiente para crear un estudio, pero no hemos tenido la posibilidad de hacerlo realidad. Hay un espacio designado para la computadora, pero también la compartimos todos. Todo el tiempo hay ajetreo y ruido. El silencio escasea. La rutina de levantarse antes de las seis de la mañana y acostarse a veces pasada la media noche hace difícil que pueda sentarme tranquilamente a crear en la soledad que ello implica. Escribo donde puedo, como puedo. A veces mi cabeza simplemente se llena de ideas hasta que tengo oportunidad de plasmarlas en el papel o en el procesador que tenga más a la mano (en casa o en el trabajo). Robo tiempo a las actividades domésticas y otras veces al horario laboral, pero es la única forma de llegar a la única habitación propia que poseo donde puedo perderme y extraer las letras: yo misma.

1 comentario:

  1. Muchas gracias, Linda, acerca de la idea del "robo" de tiempo para poder escribir, recuerdo vagamente haber leído un ensayo de una escritora (ya no recuerdo cuándo ni dónde ni quién) que mencionaba esa idea del robo, que así lo percibimos las mujeres escritoras porque escribimos con culpa, sintiendo que deberíamos estar cambiando un pañal o limpiando la cocina, pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si son las tareas domésticas las que nos roban el tiempo de escritura? No lo sé, tal vez por eso soy tan mala ama de casa, porque lo he botado, porque muchas veces he preferido escribir, el costo es una casa en permanente derrumbe. ¿Soy un poco monstruo por ello?, ¿soy una mala madre por ponerme a redactar un artículo en lugar de limpiar el pasillo y condenar a toda la familia a pasar descalzos por un piso con restos de cáscaras de huevo y juguetes?

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