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lunes, 18 de agosto de 2025




Durante años viví cautiva exclusivamente de emociones y pensamientos. Poco me daba cuenta de lo que sucedía alrededor. Percibía lo básico, lo que me permitía desenvolverme de manera funcional en el mundo, pero obviaba los detalles. Era muy difícil centrar mi atención en lo que pasaba en mi cuerpo. Lo único que sí podía ver con claridad y de una forma en que me afectaba demasiado, era la deformidad. O lo que yo creía que era una deformidad. Odiaba mi peso, así que luché contra él de distintas maneras, la mayoría de ellas muy poco saludables: Dietas extremas, ejercicios rigurosos, anorexia, bulimia. Pasó mucho tiempo antes de que empezara a apreciar las curvas y cicatrices de mi cuerpo, su belleza. La escritura siempre ha sido un puente para crear conexiones externas e internas. Sin duda ha sido una de las medicinas más efectivas para ayudar en este rubro y seguirá siendo mi píldora diaria para tejer raíces. Recientemente he tratado de añadir a esta práctica la acción de pequeñas tareas que impliquen procesos más orgánicos, lo que ha dado como resultado una sensación de bienestar, pero sobre todo, que ha abierto los canales de conexión entre mis pensamientos, mis sentimientos y las sensaciones físicas. Esto me ha permitido tener mayor consciencia de mi biología, amar a consciencia la cartografía de mi cuerpo, aceptar cada pequeña mancha, ruptura o arruga que acompaña mi piel. En suma, sentirme más feliz y completa. Y por ende, el deseo de seguir buscando el equilibro en todos los aspectos. Por supuesto, sin olvidar nunca que soy tanto luz como sombra.

“Se retuerce la noche en la entraña de mil pájaros de aire.
Me extravío entre la carne y los sueños”
- Betsimar Sepúlveda -

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