Páginas

viernes, 15 de mayo de 2026

Neurodivergencias

Tras el diagnóstico de TEA de mi hijo mayor a sus ocho años, comencé a investigar mucho sobre el tema. Al principio pensé, cuando me identificaba con algunos puntos, que trataba de ser empática con él. Conforme han pasado los años, y conforme más aprendo del autismo, he dejado de buscar respuestas concretas, abrazando las respuestas simples: Valorar lo que sé, reconocer lo que siento. Y siempre me he sentido distinta. Como si no encajara cien por ciento en ningún sitio.

Me saturo cuando me piden demasiadas cosas a la vez, me cuesta trabajo seguir las conversaciones, entender lo que me están diciendo, siento la fuerte necesidad de enfocarme en cosas que me gustan, escuchar una misma canción durante todo el día, desconectarme del ruido exterior, que no interrumpan lo que estoy haciendo. Cuando me preguntan algo, tardo mucho en contestar.

Me gusta repetir platillos ya sea por su sabor o textura. Me disgusta cómo se sienten ciertos alimentos en la boca.

A veces cuando hay demasiado trabajo, tengo que dejar de hacerlo durante un rato y enfocarme en cosas que me interesan, no es que no quiera trabajar, sólo necesito poner mi atención en algo que me llene de energía. Cuando me siento cargada de nuevo y con más claridad, vuelvo a mis tareas, esto me hace sentir culpable, pero no puedo evitarlo.

A veces me descubro teniendo conversaciones que no han sucedido o que ya sucedieron y que desearía que hubiesen ocurrido de otra forma. Repito los diálogos en mi cabeza.

Necesito tomar apuntes de todo lo que tengo qué hacer y después tachar lo que ya está hecho para que no se me olvide. Siempre procuro tener un cuaderno a la mano o mantener abierto un archivo de Word para vaciar ahí todo lo que pienso, siento o está sucediendo.

Otras veces estoy haciendo una cosa, pero me interrumpen para hacer otra y al terminar, inicio una nueva tarea olvidando por completo la que había iniciado en primer lugar. No puedo recordar las cosas, como si las hubieran borrado de mi cabeza. Muchas veces tengo que volver sobre mis pasos para regresar exactamente al momento donde me había quedado y poder retomar mi tarea.

Tengo que quitar las etiquetas de mi ropa porque me raspan, Los ojos me calan con la luz del sol o cierta iluminación, sobre todo cuando es luz blanca. El sonido de las ambulancias me cala en los oídos. A menudo choco con objetos, me golpeo o golpeo a personas sin querer. A veces descubro en mi cuerpo moretones o heridas que no sé cómo me hice.

Me cuesta mucho trabajo iniciar una conversación o participar en conversaciones porque seguido me siento fuera de lugar. En ocasiones siento ataques de pánico cuando voy a dirigirme directamente a una persona, para hablar de cosas muy íntimas o de carácter muy personal.

No tengo tacto para decir ciertas cosas, noticias importantes. Cuando me piden una cosa, hago exactamente lo que me pidieron, no más. Me siento incómoda cuando me escuchan hablar por teléfono, prefiero enviar mensajes o correo electrónico. Soy mejor escribiendo que hablando.

No necesito hablar o hacer una actividad específica con alguien que me importa para sentir que de verdad estoy compartiendo. Con estar en silencio en la misma habitación es suficiente.

Sigo aprendiendo a conocerme. Creo que voy por buen camino. Quizá algún día las piezas terminen de acomodarse. Quizá para entonces no necesite respuestas.

martes, 12 de mayo de 2026

Una carta silenciosa arrulla mis sentidos.

Como meter lentamente los pies en el agua clara del río. Como sentarse a la orilla del mar a contemplar el anaranjado crepúsculo. Como deshacer un diente de león entre los dedos. En lo alto, los pájaros revoloteando las nubes, los pájaros cantando un himno de alegría, los pájaros dando vueltas en la cuenca de los ojos. Adentro, una escultura de hielo derritiéndose, provocando una eclosión en el pecho. 
"Yo sollocé.
Entonces, ella me tomó la mano.
Pero, ya estaba abierta la puerta del infierno”
- Marosa di Gorgio -

Primero, las palabras simples y puras.
Las palabras mantequilla.
Después el oráculo, la serpiente, el buitre.
Los ojos saltados como plumas.
Una mano ronca y huesuda sobre el cuello.
El vestido roto, el vestido flotando en la pútrida espuma.
El aullido de la almohada.
Un rumor de piano deslizándose entre las sábanas.
Rubíes desgajándose por el fuego.
El ojo fijo en la comisura del diablo.