Después del verano siempre aparece en mi camino una montaña. Oscilo entre la paz, el burbujeo de energía y el estrés, el conteo de monedas, el inventario de útiles escolares, la reorganización de todo. A ratos, me invade una extraña nostalgia, cierta energía oscura que lejos de marchitarme me devuelve a mi esencia más pura. Las palabras llegan de la nada, me bombardean a manera de imágenes. Nace en mi cuerpo una tibia calidez. Me crecen poemas como ramas. Me voy de mí misma y regreso, la realidad me golpea el rostro como una ráfaga de viento. Vuelvo a la faena, entierro la nariz en una larga lista de pendientes: depuración de ropa, limpieza profunda, uniformes, cuadernos... La luna corona la noche, regresan las sombras, regresa esa energía oscura que hace que mi corazón palpite con fuerza. Me siento frente al ordenador. Me pongo a escribir.
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