Conozco la terrible mordedura de las estrellas, el glorioso crujir de los huesos cuando el tiempo se desgaja, la forma en que mi rostro se vuelve polvo frente al espejo, las migajas que sobran tras beberse el sol a gotas desde la penumbra. Lo repito, yo nada sé de poesía. Conozco solo el placer de cantarle a la muerte a través de la vida que se nos escapa.
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