La voz es un tintineo que flota y se desgarra al caer en el asfalto.
Persigo cuervos, sus graznidos, para encontrar mi propio ritmo cardíaco.
No es este el sonido verdadero, es apenas un reflejo del agua que baja por el río.
Voy en busca del latido, a las profundidades del sol.
Recojo en mis manos el otoño, sus hojas doradas.
Abrazo el almìbar que nace de la oscuridad del poema.

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