Prometí hacer poemas de todo. Aunque esto no es un poema, es un grito. Tiene el mismo peso que una pluma o una bala de cañón. Aparece cada cierto tiempo, cuando los pulmones se vacían, cuando el cuerpo se vacía. Me engulle, nos engulle. No deja residuos.
II
La casa está en llamas. Las motas de polvo flotan. Por la rendija de la puerta se cuela el silencio. Hay una extraña tranquilidad en las cosas. Afuera, la gente sangra, llora. Dice adiós a lo que no quiere decir adiós. Aquí abundan los recuerdos, los pájaros, peces de colores. Aquí nacen árboles a todas horas. El sol llueve a cántaros, incendia las cortinas.
III
No pretendo congelar el tiempo, intento rasgar la punta del iceberg, trazar círculos de luz en las ventanas. Cuarenta y cuatro años pasan en un suspiro. Mañana es un pájaro que vuela, un árbol de pequeñas flores y gigantes ramas. Somos la suma de todas las memorias. Escribo para no dejar atrás ningún cuervo desplumado.
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