Siempre hay ciertos días en que la tristeza (o lo que yo definía antes como tristeza) se instala en mí de manera intensa. Cuando me siento así, deprimida sin saber por qué, sin una razón real de por medio, procuro escuchar música acorde y dejarme llevar por la sensación. Por mucho tiempo creí que era mi yo triste, buscando más tristeza. Una forma enfermiza de cavar en la depresión y abrazarla descuidada e intencionalmente. Con el paso de los años y mucho trabajo de reflexión, investigación y autoconocimiento, he comprendido una realidad más profunda. Estos episodios de tristeza sin sentido aparente tienen una razón de ser y no se trata de tristeza o depresión sino de burnout autista. Lo que yo llamaba búsqueda irracional, era sencillamente stimming auditivo para lograr la autorregulación.
El camino de introspección y búsqueda de respuestas continúa, pero ya no hay culpa sobre mis hombros por este acto en particular. Puedo ahora escuchar una canción triste en modo bucle a manera de ecolalia, transitar con paciencia las emociones y encontrarles un sentido real, que no me hace ni mejor ni peor persona. Me hace simplemente un ser humano. La música, entonces, para mí no es sólo arte, es el puente para liberar tensiones sin necesidad de palabras, sintonizar mi mundo interno con estímulos externos para disminuir el ruido exterior, una forma de protección, no destrucción como solía creer. Las canciones tristes pero intensas me permiten "sentir algo" de manera controlada cuando el burnout me produce entumecimiento emocional. En resumen, son una herramienta perfecta para buscar el equilibrio cuando así lo necesito.
Mientras escribo hoy, A Silent Letter se escucha de fondo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario