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sábado, 27 de septiembre de 2025

En memoria de la viajera



"Se fuga la isla
y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro poeta".
- Alejandra Pizarnik -


Alejandra fue poema vivo. Poema que se destruía a sí mismo y reconstruía otra vez. Siempre incompleta, siempre inconforme, siempre encerrada en sí misma.

La vi por primera vez en un sueño
los pájaros volaban en la penumbra de la noche
y su voz era conjuro infinito
canto lúgubre y grandioso
una jaula abierta
sus palabras
réquiem de mariposas
canto suave y violento
cuervo inmolado.

lunes, 22 de septiembre de 2025


Recorrer el infierno hasta volver a la carne, a los huesos, a la isla interior que nos habita. En ese sendero camino. Es sólo atravesando el fuego que la luz del poema nace y echa raíces.

sábado, 20 de septiembre de 2025


 

Es extraño decirlo, pero la vida siempre me aparta de las letras. Aunque es la vida misma la que siempre vuelve a reunirme con ellas. Curioso misterio. Mi cuerpo empieza a sentirse otra vez mi cuerpo. Pulsa el deseo de derramarse en la hoja. Poemas confeti en la punta de mis dedos.


viernes, 12 de septiembre de 2025

El ruido viaja

 


El ruido viaja
enredadera de obstáculos
reciclaje infinito
no hay paz en la mente
no hay descanso en el cuerpo
la gota cae
hasta que rompe la piedra
y el mundo se convierte
en vidrios rotos

jueves, 11 de septiembre de 2025


Otro dia sin poema. Demasiadas cosas en el tintero de la cotidianidad. Poco dinero en los bolsillos. Rebanadas de tiempo exactamente repartidas.

Mientras la paz y las palabras regresan, nado en la música. Endulzo mis oídos con voces místicas. Practico la paciencia. Uno mis manos y rezo: Dios, por favor, cuida de todos tus pájaros.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

 



Hace años que no venía a este sitio. Regresar a él me llevó de vuelta a mi infancia. No es un recuerdo bonito. Es un recuerdo amargo y hasta doloroso. Algo de lo que casi nunca he hablado, menos tan abiertamente. Hasta hoy. Lo que pasó ese día dejó una huella que me persiguió por mucho tiempo. Por eso hoy quiero contarlo. Porque estoy lista para ello y porque creo que ya es tiempo de soltar.

Aún no cumplía los once, pero en ese entonces había cierta seguridad en las calles y las infancias teníamos un poco más de libertad. Era común que algunas niñas y niños salieran de la primaria y regresaran a casa caminando, incluso sin compañía de adultos. Sobre todo si vivían cerca.

Mi casa no estaba tan lejos, así que ese día, me fui a pie. No iba sola. Me acompañaban dos compañeros de la escuela y una niña. Decidimos tomar un atajo para llegar a casa más pronto. No se suponía que debiéramos entrar por ahí. Pero el lugar casi siempre estaba vacío y hasta semi abandonado.

En aquellos días no había mucho a qué temerle, mientras no hablaras con extraños y miraras bien a ambos lados de la calle antes de cruzar, podías estar a salvo. Por eso íbamos caminando tranquilamente, riendo, bromeando acerca de no sé qué cosa. En algún punto, justo al llegar al kiosco que hay en ese lugar, uno de los chicos que iba con nosotros se quedó más atrás. De repente me sujetó por la espalda y metió su mano debajo de mi falda. El otro chico sólo se quedó mirando. La niña, ni siquiera entendió lo que sucedía. Forcejeé, pero él era más fuerte. Pasaron minutos que me parecieron horas hasta que pude zafarme y salir corriendo. No recuerdo qué pasó después o cómo fue que llegué a casa. Sólo recuerdo que estaba temblando.

Nunca le conté a nadie lo que pasó: Que un chico que se suponía era mi amigo y compañero me había manoseado, que yo me sentía sucia, agradecida de haberle hecho caso a mi mamá de ponerme short abajo, de que no había pasado a mayores, pero culpable por aventurarme a regresar a casa de esa forma y por haber hecho no sé bien qué, de modo que ese niño se había fijado en mí de esa forma y había actuado de esa manera, arrepentida de confiar en quien no debía confiar.

Pasaron muchos años antes de que el tema de la violencia de género llegara a mi vida. Me siento feliz de que finalmente haya ocurrido, porque fue el primer paso para emprender un camino de crecimiento y sanación profunda. Un camino que aún no termina. El incidente en el kiosco es una de las tantas heridas que "por ser mujer" viví en el cuerpo y en el alma. Heridas que ni siquiera yo misma sabía que eran resultado de la violencia. Ahora sé que hay muchas mujeres que como yo, fueron violentadas alguna vez, de alguna forma. Y muchas de ellas tampoco se han dado cuenta, siguen creyendo que tuvieron la culpa, se siguen sintiendo responsables, piensan que están solas y que no hay forma de escapar de ahí. Por eso decidí seguir este camino. Por eso hago lo que hago. Deseo que mis palabras sean luz para otras. Deseo un mundo más igualitario, menos violento, con más oportunidades para todas. Por eso escribo sobre esto. Por eso sé que no dejaré de escribir.

Presas del miedo
levantamos los puños
y nos pusimos a soñar
un mundo sin jaulas
seguimos de pie frente al espejo
dispuestas a cruzar el límite
para que otras rompan las cadenas
y sean capaces de volar
con sus propias alas